miércoles, 1 de octubre de 2025

Una revolución en defensa de la libertad frente al wokismo


 Alejandro Muñoz Erazo


Han habido múltiples revoluciones a lo largo de la historia, unas para transformar la

forma en que el ser humano se relaciona con la naturaleza, pasando de la simple recolección a

una vida organizada en comunidades; y otras para abrir caminos al conocimiento, cuando los

símbolos y las letras se convirtieron en la herramienta que permitió transmitir ideas de

generación en generación hasta la actualidad. Claramente hace falta mencionar las resoluciones

que revocan a reyes y estructuras de poder, unos con la banderita de la libertad y otros como por

ejemplo buscaban el fin de la explotación laboral.

Todo lo mencionado anteriormente, fue y es relevante para la manera en la que

entendemos hoy el mundo, no obstante, no son revoluciones que me tocaron. Lo que si me

interpela y siento que hago parte toda mi generación y mi persona ya sea a favor o en contra, es

una revolución inconclusa en la que se cuestiona y posiblemente ponga fin al wokismo que está

impregnado en todo el mundo a nivel global.

En ese sentido, si las revoluciones anteriores moldearon nuestras instituciones y

discursos, la que ahora me interpela ocurre en un contexto de una creciente polarización.

Vivimos en un mundo donde se buscan objetivos distintos, marcados por juicios y valores que

cada vez adoctrinan con más fuerza y dejan menos espacio para ceder; en ese escenario, el factor

decisivo en el que vemos el problema o el núcleo del porqué se origina nuestros problemas y a la

vez formas de solucionar, lo es la intervención estatal. Montesquieu ya advertía sobre la


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tendencia del poder a corromperse “todo hombre que tiene poder se inclina a abusar de él” (El

espíritu de las leyes, 1748). Esa idea ilumina un peligro actual y es que si el Estado se erige en

árbitro moral y cultural, existe el riesgo de que la política pase de garantizar libertades a imponer

una única visión ideológica. Por eso, al analizar la revolución inconclusa que cuestiona el

wokismo, es imprescindible considerar el papel y los límites de la intervención estatal.

Cuando hablo de wokismo me refiero a una corriente cultural y política que enfatiza la

justicia social, la visibilización de grupos históricamente marginalizados y el reconocimiento de

desigualdades estructurales en raza, género u orientación sexual. No obstante, este fenómeno no

surge de la nada ya que se alimenta de una tradición de luchas sociales que tienen sus raíces en

movimientos progresistas y en teorías críticas que cuestionan la desigualdad estructural. Como se

puede ilustrar en autores como Marx en el Manifiesto Comunista en el que “la historia de todas

las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases” (1948),

planteando que las tensiones sociales no son accidentales, sino inherentes a las diversas

estructuras de poder ya sea económico o social. Por otro lado, autores como Gramsci explicó en

Cuadernos de la cárcel que “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos maneras,

como dominio y como dirección intelectual y moral” (1975).Es decir, esto significa que no basta

con controlar la economía o la fuerza política; un grupo también necesita influir en cómo la gente

piensa, en los valores que adopta y en lo que considera justo o injusto. A esa capacidad de

moldear la cultura y las ideas, Gramsci la llamó hegemonía cultural. Esta noción ayuda a

entender por qué fenómenos como el wokismo tienen tanta fuerza porque no se trata solo de

leyes o políticas públicas, sino de ganar la batalla en la forma en que las sociedades perciben la

igualdad, la justicia y la identidad. El wokismo surge precisamente de esa lucha por disputar

quién fija las normas culturales y qué voces deben ser escuchadas.


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Sin embargo, está revolución que se menciona en este texto se da gracias a que revela un

problema central el wokismo, el cual es, cuando el Estado se convierte en árbitro de lo que está

bien y lo que está mal, se corre el riesgo de que la política deje de ser un espacio de libertades

para transformarse en un mecanismo de adoctrinamiento, el cual, no nos damos cuenta porque

pensamos que son ideas propias. John Stuart Mill ya advertía en Sobre la libertad que “si toda la

humanidad menos uno fuera de una misma opinión, y solo una persona fuera de la opinión

contraria, la humanidad estaría menos justificada para silenciar a esa persona que esa persona

para silenciar a la humanidad” (1859). Con esto, Mill muestra que imponer una única visión

moral, incluso con el argumento de proteger derechos o sensibilidades, atenta contra la

diversidad de pensamiento, esto debido a que, el Estado no se debe de encargar de dar una

opinión de juicio de valor, porque esta deja de ser objetiva. En el mismo sentido, Friedrich

Hayek en Camino de servidumbre sostuvo que “una vez que entregamos al Estado la tarea de

decidir qué fines deben perseguirse, perdemos la libertad para decidir por nosotros mismos”

(1944). El wokismo, al apoyarse en políticas que buscan moldear el lenguaje, las costumbres o

incluso hasta la memoria histórica, termina generando lo que Tocqueville llamó una “tiranía de

la mayoría” (La democracia en América, 1835.) donde no se persigue al individuo por la fuerza,

sino a través de la presión social y cultural legitimada por el poder público, esto se intensificó

gracias a las redes sociales que evidentemente generan una mayor polarización que ayuda a que

este fenómeno del wokismo siga atacando por la exclusión del que piense diferente.

Por lo que, la alternativa, puede no ser un Estado ausente, sino un Estado limitado. Un

poder público que garantice libertades individuales y reglas de convivencia básicas, pero que no

pretenda definir qué valores morales deben prevalecer en toda la sociedad. Montesquieu en El

espíritu de las leyes (1748) sostenía que “para que no se pueda abusar del poder, es preciso que


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el poder detenga al poder”. Esa advertencia cobra vigencia hoy ya que al reducir la intervención

estatal en lo cultural no significa eliminarlo, sino ponerle límites claros para que no sustituya la

libertad individual por un adoctrinamiento colectivo. Así, la verdadera solución es un equilibrio,

en donde, un Estado que proteja derechos y arbitre conflictos, pero que deje en manos de los

ciudadanos y las comunidades la tarea de deliberar sobre lo justo y lo que es bueno, sin que sea

un poder concentrado y existan múltiples ideologías habitando en un mismo modelo.

En conclusión, no existe una respuesta clara ni definitiva sobre cómo debe resolverse esta

revolución inconclusa que cuestiona al wokismo. La historia muestra que cada forma de

gobernar ya sea con mayor intervención estatal o con un Estado más limitado, contiene una serie

de ventajas y riesgos, el cual aunque ya se vivió en etapas anteriores de la historia, no se sabe

cómo se adapte o siga adoptando en el futuro. Lo que sí es cierto es que cualquiera de esos

caminos será fundamental en la manera en que termina configurándose esta lucha cultural y

política. La expectativa no está únicamente en que una visión gane sobre otra, sino en cómo las

decisiones de hoy marcarán el rumbo de las libertades, los derechos y el papel del Estado en las

próximas generaciones, el cual, estas problemáticas y cuestiones hacen parte de la revolución

que me tocó.


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Referencias:


Gramsci, A. (1975). Cuadernos de la cárcel. México: Era.


Hayek, F. A. (1944). Camino de servidumbre. Londres: Routledge.


Marx, K., & Engels, F. (1848). Manifiesto del Partido Comunista. Londres: Workers’

Educational Association.


Mill, J. S. (1859). Sobre la libertad. Londres: John W. Parker and Son.


Montesquieu, C. de S. (1748). El espíritu de las leyes. Ginebra: Barrillot & Fils.


Tocqueville, A. de. (1835). La democracia en América. París: Charles Gosselin.

1 comentario:

  1. En el ensayo el autor presenta una reflexión amplia y bien fundamentada sobre la noción de revolución, pasando de los procesos históricos tradicionales a la disputa cultural contemporánea asociada al wokismo. Su análisis destaca cómo esta nueva revolución se desarrolla en un contexto de polarización y debate sobre los límites del poder estatal, apoyándose en referentes teóricos como Montesquieu, Mill, Gramsci y Hayek. Desde esta perspectiva, el autor plantea de manera acertada la necesidad de un equilibrio entre la protección de libertades y la prevención del adoctrinamiento, mostrando que la lucha actual no solo es política, sino también cultural e ideológica.

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