Jhuan Sebastián Hoyos López
La humanidad está experimentando un profundo cambio: una economía tecnológica que
está alterando la manera en que producimos, comerciamos y nos conectamos. Hoy los datos
tienen más valor que el petróleo, los algoritmos deciden por nosotros y la inteligencia artificial se
ha colado en nuestro día a día. Esta nueva realidad promete logros increíbles, pero también
despierta interrogantes en cuanto hacia dónde nos estamos encaminando. Este ensayo pretende
reflexionar sobre cómo la digitalización está configurando una nueva economía mundial y qué
podría pasar si no aprendemos a equilibrar la innovación con el cuidado de nuestras capacidades
como humanos.
El crecimiento de la economía basada en tecnologías ha modificado la manera en que se
produce y distribuye la riqueza. Ahora, empresas como Google, Amazon y Meta dominan el
mercado mundial no por lo que hacen, sino por los datos que poseen. El desarrollo digital ha
abierto nuevos espacios para el crecimiento en la región, aunque también ha puesto en evidencia
una marcada desigualdad entre los que tienen acceso a las tecnologías y los que no, según el
informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL, 2023). Esta
división digital puede convertirse en una nueva forma de exclusión social si los gobiernos no
actúan con políticas para la equidad tecnológica.
El ritmo acelerado de desarrollo de la automatización y la inteligencia artificial (IA)
también ha planteado dudas sobre el trabajo futuro. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID,
2022) señala que el 30 % de los empleos actuales podría ser sustituido o transformado por
sistemas automatizados en las próximas décadas. No solo afectará a los trabajadores con menor
educación, sino también a varios empleos intermedios que parecían estar protegidos hasta ahora.
Sin las políticas necesarias de formación digital y reconversión laboral, serán muchos los que
queden excluidos de una economía cada vez más demandante de habilidades tecnológicas. A su
vez, la digitalización podrá ser una oportunidad si se enfoca en el bienestar común, apunta la
Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2021). Con buena regulación, la tecnología puede
aprovecharse para aumentar la productividad y reducir la jornada laboral, generando nuevos
modelos de empleo más flexibles. Pero si se deja crecer sin control, los algoritmos podrían
acabar decidiendo qué valor tiene la labor humana, llenando de precariedad más empleos
todavía.
No es solo la economía; también es una cuestión ética y social. La concentración del
poder tecnológico en manos de unos pocos puede distorsionar nuestra democracia y nuestro
sentido de comunidad. Las mayores corporaciones digitales tienen el poder de moldear lo que
pensamos y cómo nos comportamos. Si, como se dice, el futuro económico depende de quién
posea los datos, la libertad individual se verá amenazada. La pregunta que queda es si la sociedad
podrá equilibrar progreso y justicia.
La nueva economía tecnológica representa uno de los mayores cambios en la historia
humana. Su capacidad innovadora puede transformar la calidad de vida y abrir nuevas rutas de
desarrollo, pero también puede profundizar desigualdades si no se regula con visión y ética. El
desafío consiste en desarrollar un modelo económico que integre lo mejor de la tecnología con
los valores humanos: justicia, equidad y dignidad en el trabajo. Si la economía del futuro logra
ese equilibrio, el progreso digital será una oportunidad para todos; si no, quizá estemos
construyendo un sistema que termine por gobernar a los hombres en lugar de servirles.
Referencias
Banco Interamericano de Desarrollo. (2022). El futuro del trabajo en América Latina y el
Caribe. https://www.iadb.org/es
Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2023). La brecha digital y la
equidad tecnológica en América Latina. https://www.cepal.org/es
Organización Internacional del Trabajo. (2021). El trabajo en la era digital: oportunidades
El texto muestra cómo la economía está cambiando debido al avance tecnológico y cómo eso afecta tanto al trabajo como a la forma en que se organiza el poder en el mundo. Me llamó la atención que señala que los datos se han vuelto más valiosos que los recursos tradicionales y que eso crea nuevas desigualdades, sobre todo para quienes no tienen acceso a la tecnología. También plantea un riesgo importante: que las empresas digitales terminen teniendo más control que los mismos Estados, lo que podría afectar la democracia. En general, el texto deja claro que el problema no es la tecnología en sí, sino cómo se maneja y quién la controla, y que si no se regula, podría terminar afectando más a las personas que ayudándolas.
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