Alejandro Muñoz Erazo
La razón del mercado
Vivimos en una era en la que el conocimiento y la información, se han convertido en
instrumentos de control de forma gratuita en la que pensamos que somos totalmente libres.
Esta época se denomina como el capitalismo de vigilancia, en la que ha transformado la
economía digital en un sistema que ya no solo observa para servir, sino que observa para
dirigir. Las redes sociales moldean los deseos, las plataformas predicen el pensamiento y los
algoritmos reemplazan la deliberación racional del individuo por impulsos programados.
Bajo esta nueva forma de dominio, el mercado corre el riesgo de dejar de ser un espacio de
libertad para convertirse en una estructura de adicción.
Sin embargo, esta época de distorsión abre el camino para su punto de quiebre ya que
al genera un ruido ideológico que incentiva potencialmente a la polarización global donde la
izquierda defiende el control y la nueva derecha que emerge una alternativa coherente con la
naturaleza humana como lo es el liberalismo, entendido no como dogma, sino como el
reconocimiento de que la razón y la libertad del individuo son los únicos principios posibles y
funcionales de un orden económico duradero.
Si el poder de los datos continúa concentrándose, el individuo desaparecerá en una
masa dirigida por algoritmos. Pero si la economía logra descentralizarse, nacerá una nueva
arquitectura económica basada en la soberanía individual, la transparencia y el intercambio
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libre. Esa será la auténtica razón del mercado: un orden espontáneo que no necesita ser
impuesto, porque surge naturalmente de la inteligencia distribuida del homo economicus.
La defensa clásica del mercado como mecanismo autorregulador descansa en dos
intuiciones que aunque fueron formuladas hace siglos siguen siendo el núcleo del
pensamiento liberal moderno. Adam Smith observó que cuando el individuo persigue su
propio interés, contribuye sin proponérselo al bienestar general ya que “es conducido por una
mano invisible a promover un fin que no formaba parte de su intención”. En esa expresión se
condensa la idea de que el orden económico no necesita de una voluntad central que lo dirija,
sino que emerge espontáneamente de las acciones libres y racionales de millones de personas
que buscan mejorar su propia situación.
Friedrich Hayek explicó con precisión porqué ese fenómeno ocurre. Sostuvo que la
información relevante para coordinar la economía está “dispersa entre millones de individuos
que conocen las circunstancias particulares de tiempo y lugar”. Lo que el mercado hace
mediante los precios, es convertir esa multitud de saberes fragmentados en una red de señales
que orientan las decisiones colectivas. Por eso, decía Hayek, ningún planificador central
puede sustituir al proceso de descubrimiento continuo que realizan los agentes en
competencia. El mercado, en ese sentido, no es solo un espacio de intercambio sino que es
una máquina de conocimiento
No obstante, el mundo contemporáneo enfrenta una distorsión profunda de ese
principio. La información ya no fluye libremente para permitir elecciones autónomas, sino
que se concentra en manos de plataformas que la usan para condicionar la conducta de los
individuos. Shoshana Zuboff denominó este fenómeno “capitalismo de la vigilancia”, un
sistema en el que la experiencia humana se convierte en materia prima para extraer datos,
predecir comportamientos y manipular decisiones. Según Zuboff, ha surgido “un nuevo poder
instrumental que afirma su dominio sobre la sociedad” y convierte el excedente conductual
de las personas en algoritmos de control comercial. Bajo este régimen, las preferencias ya no
son expresión de la voluntad, sino resultado de la manipulación, dejando nublada el uso de
una mano invisible.
Esa dinámica destruye los dos pilares que permiten al mercado autorregularse.
Primero, la información deja de ser confiable: los precios ya no reflejan valoraciones
auténticas sino impulsos diseñados para maximizar la atención o el consumo. Segundo, el
individuo pierde su autonomía racional, se convierte en objeto de ingeniería conductual. Así,
la competencia de ideas y bienes que antes generaba orden y eficiencia se transforma en una
guerra por capturar la atención. De ese modo, las mismas herramientas tecnológicas que
deberían ampliar la libertad se convierten en instrumentos de dependencia y alienación. Y el
resultado político es la polarización: la fragmentación del espacio público en tribus
ideológicas cuya existencia misma se alimenta del conflicto. El algoritmo premia la
indignación y la certeza; penaliza la duda, el matiz y el pensamiento crítico. Lo que está en
juego, entonces, no es un simple debate económico, sino el futuro de la racionalidad y de la
libertad humana.
Frente a esto, la respuesta liberal no es renunciar a la tecnología, sino reapropiarla:
usarla para devolver la autonomía a los individuos y restaurar las condiciones en las que el
mercado puede autorregularse. Las tecnologías descentralizadas ofrecen un camino posible
para lograrlo. La cadena de bloques, por ejemplo, permite registrar transacciones de forma
pública e inmutable sin necesidad de un intermediario. Satoshi Nakamoto la describió como
un sistema que “permite que los pagos en línea se envíen directamente de una parte a otra sin
pasar por una institución financiera”. Su innovación consiste en eliminar la dependencia de
una autoridad central, devolviendo la confianza al código y la transparencia. En lugar de
grandes bancos o plataformas que acumulan datos y poder, surge una red en la que cada
participante válida y garantiza la integridad del sistema.
La descentralización no solo tiene un carácter técnico, sino moral y político. En lugar
de depender de intermediarios que deciden qué se ve, qué se compra o qué se piensa, los
individuos pueden interactuar bajo reglas abiertas y consensuadas, esto gracias a una
gobernanza descentralizada traslada el poder de las jerarquías corporativas a las
comunidades. Incluso los nuevos sistemas de reputación, basados en credenciales verificables
o activos no transferibles, permiten construir confianza sin necesidad de plataformas que
manipulan el comportamiento de los usuarios. Por ende, es la recuperación de la competencia
como mecanismo ético, en la que la calidad, la transparencia y la honestidad sean las fuentes
donde se base nuestra sociedad.
A nivel institucional el liberalismo no exige ausencia total de reglas, sino normas que
aseguren las condiciones de la libertad. La regulación mínima que defiende este enfoque no
busca planificar la economía, sino proteger los fundamentos que hacen posible la
autorregulación: la propiedad de los datos personales, la transparencia de los algoritmos, la
competencia efectiva y la prohibición de la manipulación coercitiva. Cuando el Estado se
limita a garantizar estos principios, permite que el orden emerja de la libre interacción de los
individuos, no de la imposición de una voluntad central. Estas herramientas como el
blockchain por ejemplo, restablecen lo que Hayek llamaba el flujo de conocimiento disperso.
Restituyen la señal auténtica de los precios, porque las preferencias dejan de ser inducidas.
Incentivan la innovación real, porque las empresas ya no pueden depender de la extracción
masiva de datos, sino de ofrecer valor genuino. Y devuelven al individuo el control sobre su
experiencia, condición necesaria para el juicio racional.
El mercado vuelve así a ser lo que siempre fue en su sentido más profundo. Pero ya
no se trata solo de descubrir precios, sino de redescubrir la libertad misma en un entorno
tecnológico que amenaza con devorarla. Si en el pasado la mano invisible describía la
armonía espontánea de los intereses individuales, hoy esa mano debe aparecer en forma de
redes abiertas, de protocolos transparentes y de soberanía informativa. El liberalismo del
futuro no es la nostalgia del pasado que superó diversos hitos, sino una apuesta racional y
tecnológica por un mundo donde la coordinación social vuelva a depender del individuo y no
del algoritmo. Esa es, en última instancia, la verdadera razón del mercado, que es un orden
que nace de la libertad y que solo puede sobrevivir si la protege.
Referencia
Berners-Lee, T. (2018). Solid Project. Massachusetts Institute of Technology.
Hayek, F. A. (1945). El uso del conocimiento en la sociedad. En Individualismo y orden económico. Unión
Editorial.
Nakamoto, S. (2008). Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System.
Smith, A. (1776). La riqueza de las naciones. Alianza Editorial.
Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las
nuevas fronteras del poder. Paidós.
Siento que este texto plantea una reflexión muy necesaria sobre el rumbo que está tomando nuestra economía digital. Pienso que señala con claridad cómo el poder de los datos puede volverse un arma de control si no se descentraliza, y quizás por eso mismo insiste en recuperar la autonomía individual como base de cualquier sistema económico sano. En general, transmite la idea de que la tecnología no debe reemplazar nuestra libertad, sino fortalecerse para protegerla.
ResponderBorrarEl texto muestra cómo la economía digital ha creado una ilusión de libertad mientras, en realidad, las plataformas moldean silenciosamente lo que pensamos, deseamos y decidimos. Plantea que este “capitalismo de vigilancia” no solo afecta la economía, sino también nuestra forma de relacionarnos y entender el mundo, empujándonos hacia la polarización y la pérdida de autonomía. Al mismo tiempo, propone que la salida no es rechazar la tecnología, sino usarla de manera que devuelva el control a las personas, con sistemas más transparentes y descentralizados que reduzcan la manipulación y permitan que las decisiones vuelvan a surgir de individuos libres y no de algoritmos. En ese sentido, el texto invita a reflexionar sobre la necesidad de un nuevo equilibrio entre tecnología, libertad y responsabilidad, porque de lo contrario, el mercado dejará de ser un espacio de elección para convertirse en un escenario donde otros piensan y deciden por nosotros.
ResponderBorrarLo que más se puede notar en tu texto es esa lucha entre vivir a nuestro ritmo y un mundo que parece exigir velocidad, productividad y consumo sin descanso, también aparece algo muy importante y es la capacidad de detenerse, mirarse por dentro y reconocer que no todo lo que el sistema nos ofrece realmente nos satisface, me parece interesante cómo con esa experiencia personal explicas ideas de autores que llevan años advirtiendo lo mismo desde otros sitios, lo que logras es mostrar que detrás de cada teoría económica hay personas reales, con dudas, emociones y búsquedas, la búsqueda tuya que se centra en un modelo más justo, más lento, más consciente, muestra que el cambio empieza cuando dejamos de aceptar que la vida es solo producir y consumir, y empezamos a preguntarnos qué nos hace sentir verdaderamente vivos.
ResponderBorrarLo más importante que quiero transmitir es la transformación de la “mano invisible” hacia un sistema basado en redes abiertas y transparencia refleja el gran desafío de nuestra época, que es recuperar la libertad individual en un mundo dominado por algoritmos que deciden por nosotros. Siento que la economía digital nos ha dado acceso y eficiencia, pero también ha concentrado demasiado poder en plataformas que controlan información.
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