jueves, 6 de noviembre de 2025

Nuevos sistemas económicos

Alejandro Muñoz Erazo

La razón del mercado

Vivimos en una era en la que el conocimiento y la información, se han convertido en

instrumentos de control de forma gratuita en la que pensamos que somos totalmente libres.

Esta época se denomina como el capitalismo de vigilancia, en la que ha transformado la

economía digital en un sistema que ya no solo observa para servir, sino que observa para

dirigir. Las redes sociales moldean los deseos, las plataformas predicen el pensamiento y los

algoritmos reemplazan la deliberación racional del individuo por impulsos programados.

Bajo esta nueva forma de dominio, el mercado corre el riesgo de dejar de ser un espacio de

libertad para convertirse en una estructura de adicción.


Sin embargo, esta época de distorsión abre el camino para su punto de quiebre ya que

al genera un ruido ideológico que incentiva potencialmente a la polarización global donde la

izquierda defiende el control y la nueva derecha que emerge una alternativa coherente con la

naturaleza humana como lo es el liberalismo, entendido no como dogma, sino como el

reconocimiento de que la razón y la libertad del individuo son los únicos principios posibles y

funcionales de un orden económico duradero.


Si el poder de los datos continúa concentrándose, el individuo desaparecerá en una

masa dirigida por algoritmos. Pero si la economía logra descentralizarse, nacerá una nueva

arquitectura económica basada en la soberanía individual, la transparencia y el intercambio


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libre. Esa será la auténtica razón del mercado: un orden espontáneo que no necesita ser

impuesto, porque surge naturalmente de la inteligencia distribuida del homo economicus.


La defensa clásica del mercado como mecanismo autorregulador descansa en dos

intuiciones que aunque fueron formuladas hace siglos siguen siendo el núcleo del

pensamiento liberal moderno. Adam Smith observó que cuando el individuo persigue su

propio interés, contribuye sin proponérselo al bienestar general ya que “es conducido por una

mano invisible a promover un fin que no formaba parte de su intención”. En esa expresión se

condensa la idea de que el orden económico no necesita de una voluntad central que lo dirija,

sino que emerge espontáneamente de las acciones libres y racionales de millones de personas

que buscan mejorar su propia situación.


Friedrich Hayek explicó con precisión porqué ese fenómeno ocurre. Sostuvo que la

información relevante para coordinar la economía está “dispersa entre millones de individuos

que conocen las circunstancias particulares de tiempo y lugar”. Lo que el mercado hace

mediante los precios, es convertir esa multitud de saberes fragmentados en una red de señales

que orientan las decisiones colectivas. Por eso, decía Hayek, ningún planificador central

puede sustituir al proceso de descubrimiento continuo que realizan los agentes en

competencia. El mercado, en ese sentido, no es solo un espacio de intercambio sino que es

una máquina de conocimiento


No obstante, el mundo contemporáneo enfrenta una distorsión profunda de ese

principio. La información ya no fluye libremente para permitir elecciones autónomas, sino

que se concentra en manos de plataformas que la usan para condicionar la conducta de los

individuos. Shoshana Zuboff denominó este fenómeno “capitalismo de la vigilancia”, un

sistema en el que la experiencia humana se convierte en materia prima para extraer datos,

predecir comportamientos y manipular decisiones. Según Zuboff, ha surgido “un nuevo poder

instrumental que afirma su dominio sobre la sociedad” y convierte el excedente conductual

de las personas en algoritmos de control comercial. Bajo este régimen, las preferencias ya no

son expresión de la voluntad, sino resultado de la manipulación, dejando nublada el uso de

una mano invisible.

Esa dinámica destruye los dos pilares que permiten al mercado autorregularse.

Primero, la información deja de ser confiable: los precios ya no reflejan valoraciones

auténticas sino impulsos diseñados para maximizar la atención o el consumo. Segundo, el

individuo pierde su autonomía racional, se convierte en objeto de ingeniería conductual. Así,

la competencia de ideas y bienes que antes generaba orden y eficiencia se transforma en una

guerra por capturar la atención. De ese modo, las mismas herramientas tecnológicas que

deberían ampliar la libertad se convierten en instrumentos de dependencia y alienación. Y el

resultado político es la polarización: la fragmentación del espacio público en tribus

ideológicas cuya existencia misma se alimenta del conflicto. El algoritmo premia la

indignación y la certeza; penaliza la duda, el matiz y el pensamiento crítico. Lo que está en

juego, entonces, no es un simple debate económico, sino el futuro de la racionalidad y de la

libertad humana.


Frente a esto, la respuesta liberal no es renunciar a la tecnología, sino reapropiarla:

usarla para devolver la autonomía a los individuos y restaurar las condiciones en las que el

mercado puede autorregularse. Las tecnologías descentralizadas ofrecen un camino posible

para lograrlo. La cadena de bloques, por ejemplo, permite registrar transacciones de forma

pública e inmutable sin necesidad de un intermediario. Satoshi Nakamoto la describió como

un sistema que “permite que los pagos en línea se envíen directamente de una parte a otra sin

pasar por una institución financiera”. Su innovación consiste en eliminar la dependencia de

una autoridad central, devolviendo la confianza al código y la transparencia. En lugar de

grandes bancos o plataformas que acumulan datos y poder, surge una red en la que cada

participante válida y garantiza la integridad del sistema.

La descentralización no solo tiene un carácter técnico, sino moral y político. En lugar

de depender de intermediarios que deciden qué se ve, qué se compra o qué se piensa, los

individuos pueden interactuar bajo reglas abiertas y consensuadas, esto gracias a una

gobernanza descentralizada traslada el poder de las jerarquías corporativas a las

comunidades. Incluso los nuevos sistemas de reputación, basados en credenciales verificables

o activos no transferibles, permiten construir confianza sin necesidad de plataformas que

manipulan el comportamiento de los usuarios. Por ende, es la recuperación de la competencia

como mecanismo ético, en la que la calidad, la transparencia y la honestidad sean las fuentes

donde se base nuestra sociedad.

A nivel institucional el liberalismo no exige ausencia total de reglas, sino normas que

aseguren las condiciones de la libertad. La regulación mínima que defiende este enfoque no

busca planificar la economía, sino proteger los fundamentos que hacen posible la

autorregulación: la propiedad de los datos personales, la transparencia de los algoritmos, la

competencia efectiva y la prohibición de la manipulación coercitiva. Cuando el Estado se

limita a garantizar estos principios, permite que el orden emerja de la libre interacción de los

individuos, no de la imposición de una voluntad central. Estas herramientas como el

blockchain por ejemplo, restablecen lo que Hayek llamaba el flujo de conocimiento disperso.

Restituyen la señal auténtica de los precios, porque las preferencias dejan de ser inducidas.

Incentivan la innovación real, porque las empresas ya no pueden depender de la extracción

masiva de datos, sino de ofrecer valor genuino. Y devuelven al individuo el control sobre su

experiencia, condición necesaria para el juicio racional.

El mercado vuelve así a ser lo que siempre fue en su sentido más profundo. Pero ya

no se trata solo de descubrir precios, sino de redescubrir la libertad misma en un entorno

tecnológico que amenaza con devorarla. Si en el pasado la mano invisible describía la

armonía espontánea de los intereses individuales, hoy esa mano debe aparecer en forma de

redes abiertas, de protocolos transparentes y de soberanía informativa. El liberalismo del

futuro no es la nostalgia del pasado que superó diversos hitos, sino una apuesta racional y

tecnológica por un mundo donde la coordinación social vuelva a depender del individuo y no

del algoritmo. Esa es, en última instancia, la verdadera razón del mercado, que es un orden

que nace de la libertad y que solo puede sobrevivir si la protege.

Referencia


Berners-Lee, T. (2018). Solid Project. Massachusetts Institute of Technology.

Hayek, F. A. (1945). El uso del conocimiento en la sociedad. En Individualismo y orden económico. Unión

Editorial.

Nakamoto, S. (2008). Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System.

Smith, A. (1776). La riqueza de las naciones. Alianza Editorial.

Zuboff, S. (2019). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las

nuevas fronteras del poder. Paidós.

4 comentarios:

  1. Siento que este texto plantea una reflexión muy necesaria sobre el rumbo que está tomando nuestra economía digital. Pienso que señala con claridad cómo el poder de los datos puede volverse un arma de control si no se descentraliza, y quizás por eso mismo insiste en recuperar la autonomía individual como base de cualquier sistema económico sano. En general, transmite la idea de que la tecnología no debe reemplazar nuestra libertad, sino fortalecerse para protegerla.

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  2. El texto muestra cómo la economía digital ha creado una ilusión de libertad mientras, en realidad, las plataformas moldean silenciosamente lo que pensamos, deseamos y decidimos. Plantea que este “capitalismo de vigilancia” no solo afecta la economía, sino también nuestra forma de relacionarnos y entender el mundo, empujándonos hacia la polarización y la pérdida de autonomía. Al mismo tiempo, propone que la salida no es rechazar la tecnología, sino usarla de manera que devuelva el control a las personas, con sistemas más transparentes y descentralizados que reduzcan la manipulación y permitan que las decisiones vuelvan a surgir de individuos libres y no de algoritmos. En ese sentido, el texto invita a reflexionar sobre la necesidad de un nuevo equilibrio entre tecnología, libertad y responsabilidad, porque de lo contrario, el mercado dejará de ser un espacio de elección para convertirse en un escenario donde otros piensan y deciden por nosotros.

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  3. Lo que más se puede notar en tu texto es esa lucha entre vivir a nuestro ritmo y un mundo que parece exigir velocidad, productividad y consumo sin descanso, también aparece algo muy importante y es la capacidad de detenerse, mirarse por dentro y reconocer que no todo lo que el sistema nos ofrece realmente nos satisface, me parece interesante cómo con esa experiencia personal explicas ideas de autores que llevan años advirtiendo lo mismo desde otros sitios, lo que logras es mostrar que detrás de cada teoría económica hay personas reales, con dudas, emociones y búsquedas, la búsqueda tuya que se centra en un modelo más justo, más lento, más consciente, muestra que el cambio empieza cuando dejamos de aceptar que la vida es solo producir y consumir, y empezamos a preguntarnos qué nos hace sentir verdaderamente vivos.

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  4. Lo más importante que quiero transmitir es la transformación de la “mano invisible” hacia un sistema basado en redes abiertas y transparencia refleja el gran desafío de nuestra época, que es recuperar la libertad individual en un mundo dominado por algoritmos que deciden por nosotros. Siento que la economía digital nos ha dado acceso y eficiencia, pero también ha concentrado demasiado poder en plataformas que controlan información.

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